Sunday, January 27, 2008

La torturada

Las novelas de caballerías me gustaban tanto, que no estaba yo contenta cuando no tenía una entre las manos. Poco a poco empecé a interesarme por la moda, a tomar gusto en vestirme bien, a preocuparme mucho del cuidado de mis manos, a usar perfumes y a emplear todas las vanidades que el mundo aconsejaba a las personas de mi condición: Teresa de Avila


Hay distintas maneras de matarse
y hallar una tortura.
Una mañana te fuíste en secreto.
A un claustro de cadávares vivientes
díste la virtud de tu hermosura,
la soledad de virgen, la devoción del anhelo
que más te maravilla, morirte en vida.
«¡Oh muerte benigna, socorre mis penas!»

Todo lo cambiante, como de golpe y porrazo.
Cerraste las páginas de tus libros de caballería.
Dejaste de cuidar tus manos, tus uñas exquisitas.
Renunciaste al vestido de elegancia, preferíste
la pobreza, sin andrajos, la limpieza sencilla.
¡Antes amabas los perfumes, alguna joya,
un camafeo! Y miras como te vas,
con esa modestia absurda de las manos vacías
y, a hurtadillas, tu escapada.

Un abecedario espiritual quieres
que se te lea al oído. Un libro santo
que no llevarás contigo. Un cuchillo afilado con sílabas
que sea, al final, tu mortaja. Un recuerdo de niña
con Rodrigo: morir en la morería, cortada
tu cabeza por una daga turca, digna
de ser llamada mártir
por aquel del que dijíste:
«Me tiró y dejó herida»
y cubierta te observo con parches y consejos
de un dios desconocido, tan sólo adivinado
por las cruces y la sangrante herida del costado
y la corona de espinas en las sienes.

Te enclaustraste en el Monasterio
de la Encarnación, que es como una tumba
llena de gusanos, un escondite
para los seres descalzos y siniestros,
hembras sin la esperanza de un mundo
que comprenda y dignifique.

A los 19 años, comíste de la filfa
del confinamiento, bocados de soledad.
Te aburríste de Avila y Castilla la Vieja
y ese pueblo de incrédulos mollejones y beatos
para quienes un convento es un club
de señoritas sin oriente, reclusorio de vagas,
chismosas, irreverentes, niñajas
resentidas, burlonas, apáticas, enojadas
con Dios y con el mundo, explotadas sin derecho
a cosa alguna, seducidas por la carne
que deprava y una maldita distorsión
de compañía y voluntad implorante.

Ninguna como tú, hija mía.
Tú, si lo quisieras, podrías vivir
en una cueva y recitar eternamente
un salmo. Tú, porque alucinas
y te enamoraste del Cazador que caza
y un castillo interior
que no se observa, si no se ve de veras,
si no se oye más allá de las palabras.

¡Teresa, te vas de caza! Y tu padre
está triste y todos tus hermanos.
¡Vas a abandonar todo cuanto te queda!
por el Monte Carmelo, después de la muerte tu madre!
Vas a buscar soledad donde no abunda,
vas a escarbar en ti por la riqueza.

¡Tú, la más despierta y soñadora,
lectora de la vida de los santos,
lectura de heroísmos y aventuras!
Yo, que por tu fe, me compré
la nobleza, título de limpia sangre
y de mentiras, estoy dolido
de catolicismo que hoy te lleva.

Niña de mi simiente, perteneces
al linaje de David y, si me abandonas,
soy culpable, no he sabido retenerte
por cómplice de los inquisidores
y los viejocristianos.

Piénsalo bien, mocilla de pies exquisitos.
Este es el último despojo. Sólo que eres tú
quien decides. Has elegido el alma
y matarás la carne. Cosecharé tu sangre.
Ha de cambiar tu percepción del tiempo.

Tu edad, tu belleza, tu mundo. Tu sangre.
Borras la historia de Judá, de tu abuelo,
y las abjuraciones, tu familia.
Vas a enterrarte en vida, hija mía.

30-6-1999 / Del libro El hombre extendido

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